viernes, 14 de julio de 2017

LA BALSA DE LA MEDUSA

El cuadro
El museo del Louvre termina resultando agobiante para el turista que lo recorre y que finaliza el periplo con las piernas dobladas, tal es la cantidad de obras en exposición. Sin embargo hay una, que por su tamaño y su contenido, es difícil que le pase inadvertida, mide cinco metros de alto por siete de ancho y expresa una escena aterradora y de tremendo dramatismo.

Se trata de una balsa gigantesca, pero precaria, donde un grupo de hombres, con sus ropas hechas jirones, agitan las manos  para llamar la atención de un barco que se aproxima desde la lejanía. En el otro extremo de la balsa yacen varios cadáveres desnudos a punto de caerse al mar entre los tablones que se están desprendiendo. Algunos cuerpos están mutilados, señal de que se produjeron escenas de canibalismo. 
Las olas de un mar embravecido parecen querer destruir lo que resta de la frágil estructura y el cuadro da la sensación de que esos miserables están todos condenados. Un cielo cobrizo y cubierto de nubes oscuras aumenta la sensación trágica de la escena. La gama de colores es reducida, va del beige al negro pasando por los tonos pardos claros y oscuros, dando una sensación dramática de angustia.

                    La Balsa de la Medusa. Théodore Gericault, Museo del Louvre

La historia
El cuadro refleja un acontecimiento ocurrido poco tiempo antes en vida del pintor. Durante la época de la Restauración, tras la derrota definitiva de Napoleón y el retorno de la dinastía borbónica, se restablece la paz con Inglaterra que le devuelve a Francia sus antiguas posesiones en África. 

Hacia Senegal parte la fragata La Medusa para tomar posesión de su colonia recuperada. A bordo viajan militares, funcionarios, colonos y algunos científicos. Hugues de Chaumareys, el capitán del barco, es un inexperto piloto que hace 20 años que no navega. Durante la travesía comete diversos errores, entre ellos, separarse y perder contacto con las otras naves que lo acompañaban. Navegando en solitario La Medusa se introduce en aguas poco profundas y encalla en un banco de arena cerca de Mauritania. Es el 2 de julio de 1816.

Los esfuerzos por reflotarlo son inútiles y pronto se descarga una fuerte tormenta que daña al navío en forma irreparable. Debido a la impericia y torpeza de Chaumareys, el abandono de la fragata se hace en completa confusión. La tripulación constituida por 400 personas se distribuye en varios botes que deben arrastrar una balsa improvisada con maderas del buque y lo suficientemente grande como para albergar a 150 personas.

Al cortar los cabos que unen los botes con la balsa, Chaumareys comete una de las acciones más oprobiosa que  puedan imaginarse, abandonando a su suerte a los 150 pasajeros. Pronto la balsa se convierte en un infierno. Primero se produce una lucha por el centro de aquella estructura ya que los bordes se hunden en el agua. En la primera noche se ahogan 20 personas y al término de una semana solo quedan 28 sobrevivientes.

En los días que siguen los más débiles, los heridos y los enfermos son arrojados al mar en forma despiadada. Cuando se agota la carga de vino que llevan, la de agua había caído al mar, se beben hasta la propia orina y como la única caja de galletas se terminó en un día, comienzan las escenas de canibalismo. Cortan la carne de los cadáveres en tiras y la dejan secar al sol antes de comerla; «veíamos aquella horrible comida como el único medio de prolongar nuestra existencia», relató un superviviente.

Sólo 15 individuos sobreviven, cuando la balsa es encontrada por la fragata Argus, semanas después. Otros cinco mueren al llegar a tierra. Un año después, dos de los sobrevivientes de la expedición, el cirujano Jean-Baptiste Savigny y el ingeniero-geógrafo Alexandre Corréard, publican un libro titulado Naufragio de la fragata La Medusa. En sus páginas denuncian tanto la negligencia y la cobardía del capitán como la atrocidad de los marineros aterrorizados y ebrios. Se desencadena en Francia una gran conmoción. Gacetas, panfletos y grabados se dedican durante días a evocar con todo lujo de detalles el horror del acontecimiento.

La oposición liberal al régimen borbónico aprovecha el caso para denunciar la incompetencia de la monarquía restaurada, forzar la dimisión del ministro de la Marina e instituir un consejo de guerra contra Chaumareys, que es condenado a tres años de cárcel.

El pintor

                        Théodore Gericault. (1791-1824). Autorretrato

Théodore Gericault es un pintor brillante que pertenece al género romántico y le apasionan los motivos sociales en lugar de las imágenes bucólicas del clasicismo. Queda impactado por la historia de la balsa y decide llevarla a la pintura. Gericault es minucioso y detallista, se documenta sobre situaciones concretas del desastre, interroga a los sobrevivientes, visita hospitales donde puede ver el aspecto de los moribundos, los colores de las heridas y los rostros de dolor. Convence a varios pintores y amigos para que se ubiquen en una balsa de madera construida en su estudio. El rostro de uno de los muertos corresponde al famoso Eugene Delacroix.

La pintura es una mezcla de la desesperación de los náufragos, la esperanza humana que nunca se pierde y la lucha contra la naturaleza que en este caso es el mar.

La gigantesca obra se exhibe en París y vuelve a despertar las controversias, el gobierno molesto le retacea todo elogio y difusión. Decepcionado, Gericault lleva su obra a Londres donde obtiene un éxito resonante. Al cabo de dos años regresa a Francia donde sigue pintando, pero había adquirido tuberculosis y muere a la edad de 33 años.

Después de una búsqueda se puede encontrar el mausoleo del pintor en el cementerio de Pere-Lachaise donde una escultura homenajea a Gericault que se encuentra recostado con la paleta en una mano y el pincel en la otra. Debajo, un bajorrelieve recrea su obra magna La Balsa de La Medusa.


Mausoleo de Théodore Gericault. Cementerio de Pere Lachaise

David Arroyo. La balsa de la Medusa. Análisis y comentario. Febrero 2012. http://www.davidstreams.com/mis-apuntes/la-balsa-de-la-medusa-analisis-y-comentario/
Pintura Romántica. Introducción a la obra de Théodore Gericault. Arte España. http://www.arteespana.com/theodoregericault.htm
Théodor Gericalut. Biografías y vidas. http://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/gericault.htm

Henning Mankell. Arenas movedizas. Tusquets, Buenos Aires 2015.

sábado, 8 de julio de 2017

EL ARTISTA Y EL MAGNATE

Los murales mexicanos
A semejanza de las demás actividades humanas, el arte no escapa a las controversias. Tanto en la pintura como en la literatura y en las artes plásticas, entre las opiniones que se encuentran en disputa, se destaca la que señala si el artista debe o no expresar en su producción un compromiso con la sociedad. Para algunos es un deber que lo haga, mientras que para otros la obra no debe “contaminarse” con ideas políticas. Considero que ambas variantes son aceptables, pero prefiero la primera, y en este aspecto, los muralistas mexicanos se sumergieron con toda su fuerza y talento artístico, volcando su militancia política en la pintura.

La historia del nacimiento de los murales mexicanos se remonta al comienzo de 1920 durante la administración del general Obregón. El movimiento muralista de ese país, que fue revolucionario a nivel mundial, está constituido por 3 líderes: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Simpatizantes del comunismo, consideraron que el arte debe proyectarse fuera de los museos y galerías, volverse gigantesco y estar situado en lugares donde toda la población pudiera apreciarlo.

Estos tres artistas desempeñaron un papel central en la vida cultural de México durante el período postrevolucionario. Sus obras no podían ser compradas ni vendidas, porque fueron creadas bajo pedido del gobierno con el propósito de exhibirlas permanentemente en las paredes de los edificios públicos para que toda la población las apreciara. De la gigantesca producción de estos tres gigantes, me limitaré a Diego Rivera, haciendo énfasis de su obra “El hombre en la encrucijada”.

       Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros
                          
Rivera nació el 8 de diciembre de 1886 en la ciudad de Guanajuato. Desde la infancia y oponiéndose a los deseos de su padre, quien pretendía que siguiera la carrera militar, comenzó a tomar clases nocturnas en la Academia de San Carlos de la capital mexicana. Su talento artístico le permitió ganar una beca para profundizar los estudios en Europa donde permaneció durante 15 años, lapso durante el cual en forma secuencial tuvo amoríos con dos artistas rusas y de cada una engendró sendos hijos que casi nunca vio. 

También durante este período sus obras sufrieron cierta influencia de Paul Cezanne y del postimpresionismo.
A su regreso a México quedó cautivado por los murales de Orozco, Rufino Tamayo y Siqueiros, pero decidió desarrollar su propio estilo.


                                  Diego Rivera (1886-1957) Autorretrato

Diego Rivera, usando formas simples y colores muy vivos, abordó todos los aspectos de la historia de México, desde la vida cotidiana de los aztecas, pasando por la conquista española, donde resaltó, sin escatimar detalles, la crueldad de Hernán Cortés y sus hombres, para finalizar con la Revolución Mexicana.


Porción de mural que muestra una escena de la conquista de América y el sometimiento a esclavitud de los indios

En búsqueda de un medio adecuado a esta expresión decidió experimentar con la técnica del fresco, que consiste en pintar directamente sobre la argamasa (mezcla de cal y arena) mojada, para que el color penetre y, al secarse aquélla, lo fije.

La mayoría de estos murales fueron realizados durante la década de 1920 y se encuentran en los principales edificios públicos del Distrito Federal. Ver las obras de los tres grandes muralistas mejicanos es un paso imprescindible para cualquier persona que ama el arte, ya que constituyen un fenómeno pictórico único en la historia de la pintura universal.

El hombre en la encrucijada
Entre 1930 y 1934, la fama de Rivera había adquirido tal dimensión que fue convocado para pintar murales en Estados Unidos. Se fue al país del norte acompañado por su esposa y pintora Frida Kahlo, cuyas obras después de muerta valdrían fortunas y se harían enormemente populares. En el Instituto de las Artes de Detroit, Rivera realizó una alegoría y exaltado elogio del desarrollo industrial de ese país.


                                    Diego Rivera y Frida Kahlo

Luego se trasladó a Nueva York para pintar un mural del Rockefeller Center, un conjunto de rascacielos que se convirtieron en el emblema de Nueva York. Este paso de Rivera constituía toda una contradicción para un artista que afiliado al Partido Comunista e imbuido de profundos ideales revolucionarios, se encontraba ahora en el epicentro del mundo capitalista y nada menos que en el edificio del magnate de la Standard Oil. Los Rockefeller estaban considerados en el mismo Estados Unidos como pertenecientes al grupo de los “robber barons”. Así se denominan los millonarios de escasos escrúpulos que hicieron su fortuna sin escatimar el empleo de métodos enfrentados con la ética.

El magnate y su familia conocían las ideas socialistas de Rivera, pero querían contar con un artista de su reputación para pintar uno de los tres murales del vestíbulo de la sede de la compañía petrolera. Se trataba simplemente de que pusiera a un lado sus creencias políticas y trabajara como lo había hecho en Detroit para los Ford, donde se limitó a ensalzar los logros de la ingeniería norteamericana. El mexicano aceptó las cláusulas del contrato y puso manos a la obra.

A medida que el trabajo avanzaba, Rivera que ya había recibido varias críticas de sus correligionarios y quizás sintiéndose un traidor a la causa socialista, en una especie de rebeldía a la situación en que se encontraba, comenzó a realizar cambios sustanciales, se alejó de los bocetos originales que había mostrado a Rockefeller y pintó un mundo bipolar. 

El mural resultó ser de una composición compleja y bellísima. La figura central era un hombre que representa a la humanidad. En sus manos están las herramientas de la ciencia y la tecnología que aluden indudablemente a su capacidad de control y manejo de la historia con miras al futuro. Del lado izquierdo hay signos claros del mundo capitalista: fuerzas del orden reprimiendo obreros, una burguesía decadente que solo piensa en fiestas y diversiones y ejércitos invasores con máscaras antigás. Para el pintor representaban el pasado. Sin embargo, fueron las imágenes de la parte derecha del panel, que simbolizaban el futuro de la humanidad, las que suscitaron todas las críticas y controversias. En la parte superior del mural surgía el pueblo organizado, marchando por su derecho a gobernarse, pero más abajo, entre las masas obreras, se encontraba la figura inconfundible de Lenín.
Cuando Rockefeller vio el mural, en estado ya muy avanzado, le exigió a Rivera que retirara la figura del fundador y personaje cumbre del Partido Comunista. “Es mi mural” sentenció el mexicano. “Sí, pero está en mi pared” le contestó el magnate. Ambos adoptaron posiciones totalmente intransigentes y finalmente Rockefeller indemnizó al pintor y mandó destruir el “infame” mural.

Afortunadamente, la obra había sido filmada durante su elaboración, se habían tomado numerosas fotos desde distintos ángulos y además estaban los bocetos. Rivera regresó a México maldiciendo y denostando al magnate y decidido a que su creación no debía morir, la replicó en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal.

 Le hizo varias modificaciones y se desquitó pintando a la señora de Rockefeller junto con una prostituta jugando a las cartas, también agregó la figura de Charles Darwin. Del lado derecho, no solo quedó Lenin, agregó también a Marx, Engels, y Trotsky.

El mural se extiende sobre una superficie de 4,46 x 11,46 metros y es una joya del arte pictórico y un desafío para todos los que pretenden negar la evolución de los procesos históricos. Ahora se llama “El hombre controlador del Universo”.


                           El hombre controlador del universo

Desmond Rochfort. Mexican Muralists. Laurence King Publishing. London 1993.
Rachel y Josh. El muralismo mexicano. El hombre controlador del universo: un análisis. http://rachel-y-josh.tumblr.com/post/130108487588/el-hombre-controlador-del-universo-un-an%C3%A1lisis